Te has despertado en plena noche. Tu ropa se encuentra completamente empapada. Tienes frío y un hedor extraño te obliga a respirar con dificultad. No sabes qué está sucediendo, pero algo llama tu atención. La casa se alza ante ti, hambrienta. Como las fauces de un enorme animal salvaje. El terror te embriaga, pero debes continuar y asumir tu primera gran decisión.
Dicen que las pesadillas son los reflejos de la conciencia humana. Un estado mental en el que las inquietudes se deforman hasta el extremo de la locura. Rodeadas de un halo misterioso e inexplicable, nos acechan desde la oscuridad más incierta. Ríen a nuestras espaldas, mientras traman contra nosotros a través de nuestros propios ojos.
El miedo se nutre de su trabajo y esclaviza la voluntad del ser humano. No hay escapatoria en los mundos oníricos. No hay luz entre las tinieblas.
La oscuridad vive en los recodos del tiempo, y las formas amorfas de la mentalidad humana se escabullen entre los pliegues del reloj. Pasa el tiempo y el terror acecha siempre de alguna forma desconocida, pues el sol se esconde más allá de las estrellas, otorgando vida a las pesadillas.
El sueño acaba de comenzar y la muerte acecha.